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La Coctelera

Diálogos poco urbanos

28 Diciembre 2006

Carta IV. Tristeza literaria

“Amicus certus in re incerta cernitur” Cicerón

No se muy bien por donde empezar, a veces solo con empezar ya es suficiente, el desenlace llega solo, al menos eso dicen. Me da la sensación de que te escribo con la misma brevedad de antes, pero parece que no es así. Te envío esta carta con muchos asuntos en mi cabeza. Espero que no sea verdad ese odio que sientes a mí por diversos motivos, si no te conociera juraría que hablas en serio. Tus palabras suenan a nervios, agobios, orgullo, melancolía, despedida... Me gustaría que fuese verdad eso que me dices de que me estará viendo desde ese lugar suyo, lejano, estaría bien, a veces pienso que no hay nada más que me preocupe que eso, que me vea para poder verlo después. Quién sabe. Me alegra saber que habla contigo, y que estás ahí como si te llamaras Jesús o Ángel, pero no quiero ponerme cristiano ya sabes que no me gusta, lo detesto. Cualquier parecido queda muy lejos de la realidad. Pero como te decía no se bien por donde continuar. Perdona que no sea literario, aunque esta palabra –perdona- te moleste y la rehuyas como yo rehuyo otras. No puedo serlo, si no viene ella a buscarme, porque ya sabes que no puede ser de otra manera, da igual que uno se empeñe en ir y recorrer todos los sueños cada noche en busca, al menos, del hálito de su susurro. Ella es la que dicta quien está a su servicio y a mi parece ser que me ha despedido, no se si para siempre. Las cosas no son, ya, como antes. Nunca vuelven a serlo. Bastaba cuando era más joven con mirarla para que se quedase conmigo al calor de mi sangre, hasta que me clavase la espina que hacía correr ríos de esencias más intensas que las primeras, luego la cura, un tiempo y otra vez a empezar. Pero me cansé de jugar, de correr, del dolor, del vacío. No gozo del genio de maestros para traerla con el trabajo a mi cabeza, se está poco a poco alejando, perdiéndose conmigo en el mar de la incertidumbre. Leo tus palabras con la misma energía que escribo éstas, hoy, convulso, entristecido por quién sabe qué motivo en un día digamos inocente.
No me digas tú, amigo, que el Romanticismo ha muerto porque no lo creo, heredamos y vivimos con algunos de sus principios más que nunca. Sí es verdad que otros, quizás más importantes se han suplantando con los años. Es romántico apartar la mirada y dejarte brazo en alto, para recordarte aún fuerte, o no mirar por la ventanilla para imaginarte estoico y no dando la vuelta, o no derramar ni una sola lágrima y guardarlas para la vespertina soledad, eso es más romántico. El romanticismo se pierde, y te doy la razón cuando uno dice las cosas lejos de quien debe, a destiempo, o se equívoca dando rodeos para llegar al centro de las cosas, que es lo verdaderamente importante. Pero somos complicados. Igual que tú que no quieres hablar de despedida, y por ello y lo anterior debería disculparme pero no lo hago porque te molesta y es como si te estuviera mirando a los ojos. Pero es que no sabes amigo que aún no nos hemos despedido porque existe esta maldita correspondencia que me hace tomar café para no llorar, y obliga mi conciencia romántica de las cosas. La carta, el lazo que une dos puntos lejanos, aquello por lo que la despedida no se completa, ese folio por el que se espera una respuesta a unas preguntas planteadas de forma atemporal porque cuando la recibas ya no te preocupa lo que decías, y refrescar esas cosas, de algún modo, no es aconsejable, pero así es este juego. Quien deje de enviar este lacre, se habrá despedido, porque no sirve una carta de despedida, siempre puede haber otra que vuelva aunque no esté el receptor que despide. Además una despedida no se anuncia, se sabe todo lo demás, es curioso, es sabido que habrá una despedida en el andén, pero nadie habla de ella, siempre, ella sola, llega para marcharse tras del aire. Esta carta es la continuación de aquel raíl que nos separó solo en unos pocos sentidos pero quedan el resto, quizás más románticos. Atento cuando la recibas, la llevará él, de traje, siempre a punto y atento y cordial y....te dará las palabras que mis ojos gritan, que mi voz mastica que mi soledad recoge con una café bajo una luz melancólica. Esta carta tampoco tendría sentido si no supiera que recibirá respuesta, porque aquí comienza la tuya.

Un abrazo cálido, bajo el frío de final de año.

servido por dialogos_poco_urbanos 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Pitufilla

Pitufilla dijo

¿Por qué no se puede volver? ¿porque lo diga una canción? ¿porque así la ambientación es más chuli pituli? ¿porque el dolor te va a producir satisfacción?

24 Abril 2007 | 11:16 AM

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Sobre mí

No le ha ocurrido que va por la calle corriendo, rutinario, perdido, agitado por el mal despertar, una discusión o simplemente la lluvia que no tiene culpa más que de caer incansablemente, callejeamos en busca de algo que no existe, que no es más que el consuelo de no saberse solo. Todo al alcance del hombre en la gran ciudad, médicos, funcionarios y oficinas (que te hacen perder lo más valioso el tiempo), supermercados que te sacan hasta el último céntimo del bolsillo roto de la cartera, bares de copas e iglesias templos del desconsuelo y la prédica, centro y centros -gyms, abogados, reparaciones,etc-y partidos de centro, y ¿donde quedan los extremos?, todo al alcance, incluso la pobreza, el mal, el vicio, todo.....menos el auxilio de una mano carnal que te saque del oprobio urbano, que te lleve al fin del mundo o de la imaginación.

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